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Me bloqueo en las reuniones con la alta dirección: por qué con mi equipo funciono y ahí no

8 oct
5 min de lectura

Diriges, explicas y resuelves con tu equipo sin esfuerzo. Un nivel más arriba te vuelves otra persona. Qué está pasando y cómo tomar la palabra en una mesa donde todos tienen más rango.


En la reunión de tu equipo hablas sin pensarlo. Interrumpes cuando hace falta, haces preguntas incómodas, cambias el rumbo de una discusión en dos frases. Eres bueno en eso y lo sabes.


El martes entraste al comité de gerencia. Doce personas, todas de un nivel por encima del tuyo. Tenías una observación sobre el proyecto que se estaba discutiendo, una buena, de las que cambian una decisión.

Esperaste el momento. Nunca llegó. Cuando por fin hubo una pausa, alguien más tomó la palabra. Y a las once de la noche, acostado, repasabas en tu cabeza la frase exacta que debiste haber dicho.


Lo que pasó ahí tiene una explicación concreta, y también tiene arreglo. Es más mecánico de lo que parece.


Por qué con tu equipo fluyes y con el directorio no


Con tu equipo tienes una cosa que en el comité desaparece: la certeza de que tu palabra tiene lugar. Nadie va a cuestionar si te correspondía hablar. Hablas porque esa mesa es tuya.


En el comité esa certeza se evapora, y en su lugar aparece una pregunta que ocupa todo el procesador: ¿esto que voy a decir está a la altura de esta mesa?


Esa pregunta hace tres cosas, todas malas. Te roba la atención que necesitabas para seguir la discusión, así que pierdes el hilo justo cuando te tocaba entrar. Te hace evaluar tu idea cada vez más duro mientras la discusión avanza, hasta que lo que al minuto dos te parecía una observación valiosa al minuto diez te parece obvia. Y te deja esperando el momento perfecto, que es la forma elegante de no hablar nunca.


Por eso después, en el uno a uno con tu jefe, dices la misma idea sin ningún esfuerzo y él te responde que estaba muy buena y que por qué no la dijiste en la reunión.


Importa entender que esto le pasa sobre todo a los perfiles competentes. Alguien que no tiene criterio no se bloquea, porque no tiene nada que evaluar. El bloqueo aparece justo cuando hay algo valioso que decir y un estándar propio muy alto para decirlo.


Lo que te está costando


Esto se puede aplazar durante años, porque nadie te va a llamar la atención por no haber hablado. Y mientras tanto corre una cuenta en dos lugares.


El primero es tu visibilidad. Las personas que deciden tu próximo cargo te conocen por tus resultados en un reporte y por cómo te comportas en esas reuniones. Si en la única mesa donde te ven en vivo apareces callado, la versión de ti que tienen arriba está incompleta. Y las decisiones sobre quién sube se toman con esa versión.


El segundo es la idea misma. Una observación que se dice en el momento cambia la decisión. La misma observación dicha tres días después en un pasillo llega cuando el proyecto ya arrancó, y entonces ya no es una contribución, es una complicación.

Pasa con frecuencia que alguien lleva tres años viendo cómo colegas con menos criterio avanzan más rápido, y concluye que es un tema de política interna. Muchas veces la diferencia está en algo bastante menos sofisticado: los otros hablan en las reuniones donde los ven.


Prepara la intervención antes de entrar


El primer cambio tiene poco de comunicación y mucho de método. En lugar de entrar a escuchar y ver si surge algo, entra con una intervención ya decidida.


Con la agenda en la mano, elige uno de los puntos, el que mejor manejas, y prepara tres cosas: tu posición en una frase, el dato o la experiencia que la sostiene, y la consecuencia práctica de hacerle caso. Treinta segundos en total, escritos en una nota antes de entrar.


Eso resuelve el problema real, que es tener que producir una idea, evaluarla y formularla al mismo tiempo que sigues una discusión rápida entre doce personas.

Con la intervención lista, lo único que queda por resolver es cuándo decirla.

Y ponte una regla de la que no te puedas escapar: hablar en los primeros quince minutos. Mientras más tiempo pasa, más alto se te pone el estándar de lo que vale la pena decir. Quien habla temprano, aunque sea algo breve, después entra y sale de la conversación con naturalidad.


Cómo tomar la palabra en una mesa donde todos tienen más rango


Esperar un silencio limpio es el error que mantiene callada a la gente competente durante años. En un comité de alto nivel no hay silencios: hay solapamientos, y todos los que están ahí tomaron la palabra pisando un poco.


Lo que funciona es anunciar la entrada en vez de buscarla. Dos o tres palabras antes de la frase, dichas en el momento en que alguien termina una idea, aunque siga hablando.


“Sobre ese punto, una cosa.”

“Quiero agregar algo acá.”

“Antes de que avancemos, tengo un dato sobre eso.”


Esas fórmulas funcionan porque le avisan a la mesa que viene una intervención, y un grupo bien entrenado cede el turno ante un aviso. Pedir permiso con la mirada no avisa nada.


Después, entra directo con tu posición, sin preámbulo. “Yo lo haría distinto, y les cuento por qué” aterriza mucho mejor que tres frases de contexto antes de llegar al punto, que es lo que suele hacer quien está inseguro de tener el turno.

Una gerenta de tecnología que llevaba un año en silencio en el comité probó exactamente esto: una intervención preparada por reunión, dicha antes del minuto quince, anunciada con tres palabras. Al mes su jefe le preguntó qué había cambiado. La idea era del mismo nivel que las que ya tenía. Lo que cambió fue que llegaron a la mesa.


Cuando el jefe de tu jefe te hace una pregunta que no esperabas


Este es el momento que más se teme, y tiene solución en tres pasos.


Primero, un segundo de pausa antes de responder. Se siente eterno y desde fuera se lee como alguien que está pensando. Lo que daña la respuesta es arrancar a hablar sin saber todavía qué vas a decir y descubrirlo a mitad de frase.


Segundo, responde el titular primero y el detalle después. “Vamos con tres semanas de atraso en el módulo de pagos. La causa es la integración con el banco, y el plan para recuperarlo es este.” Quien pregunta en ese nivel quiere la conclusión de entrada. Si empiezas por el contexto, te interrumpen a mitad de camino y ahí sí se desarma la respuesta.


Tercero, cuando no sepas, dilo y ponle fecha. “No tengo el número exacto. Te lo mando hoy antes de las seis.” Decir que no sabes con un compromiso concreto proyecta más solidez que una estimación que después tienes que corregir. Lo que cuesta caro es inventar un dato delante de quien puede verificarlo.


El fondo del asunto


La timidez que aparece frente a la alta dirección suele desconcertar a quien la vive, porque convive con una competencia alta y con años de liderar personas sin problema. Es muy específica: se activa solo cuando la mesa tiene más rango que tú, y no dice nada sobre tu capacidad.


También se entrena rápido, porque lo que falla es casi todo mecánico. Preparar la intervención, hablar temprano, anunciar la entrada y responder empezando por la conclusión son cuatro hábitos que se instalan en semanas. Lo que viene después es lo interesante: cuando dejas de gastar energía en si te corresponde hablar, el carisma y la confianza que ya usas con tu equipo entran contigo al comité. Y es la misma persona la que dirige las dos mesas.


Si te reconociste en esto y quieres trabajarlo, grabé un video donde te explico los siguientes pasos concretos para hacerlo, y cómo sería trabajarlo conmigo si te interesa.


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